Leí este clásico de Michael Ende por primera vez a mis trece años y me fascinó muchísimo. A los 26 tomé el original en alemán con la excusa de practicar el idioma, ¡pero me cautivó más si cabe! Y es que, 44 años después de su publicación, no ha perdido vigencia en absoluto. ¿Qué diría Michael Ende si nos viese? Sus hombres grises ahora se llaman Facebook, Twiter, What's App y estrategias similares ideadas para atraparnos y que no hagamos otra cosa; para alienarnos e idiotizarnos; para devorar alegremente nuestro tiempo. Incluyo también las zafiedades que suelen emitirse en la televisión española. Cada vez hemos de seleccionar más, de estar más alerta si deseamos escapar de estas trampas. Las nuevas tecnologías y el acceso inmediato a la información son ventajas indiscutibles cuyos beneficios parecemos no apreciar del todo. ¿Por qué, entonces, no les damos mejor cauce? El autoaprendizaje en la red podría hacernos más sabios; la educación sería nuestra responsabilidad ahora más que nunca. ¿Por qué hay tantos que se sientan frente al ordenador para atontarse, imbecilizarse, destrozar las pocas neuronas que les pudieran quedar? ¿En cuántos contextos hemos visto a adolescentes y jóvenes dando dedazos a una pantallita por inercia mientras ríen de vez en cuando sin saber realmente de qué, y se aíslan del entorno? Sus posibles amigos no pueden interactuar pues, aun encontrándose a un metro de distancia, están demasiado ocupados con su propio dispositivo móvil.
Como siempre, el arreglo se haría desde los cimientos: una buena educación, en la escuela, en casa y en la sociedad. ¡Pero eso no ocurre! No pueden guiar a sus hijos unos padres frívolos, consumistas y atontados. No puede ser buen contexto un país en que los medios garantes de la cultura emitan programas insulsos o violentos, donde tiene más razón el que más insultos gritados profiera. No pueden dar ejemplo unos políticos que parecen disfrutar peleando y acusándose como niños pequeños; que prometen sin cumplir; que roban y engañan sin escrúpulos. No puede ser buen contexto una sociedad en que los grandes valores se ridiculizan: el respeto, la tolerancia, la no violencia, el amor por la Naturaleza, por la cultura, el sentido de la colectividad, la ayuda mutua, el esfuerzo para conseguir algo, los retos personales, el deseo de superarse a diario...
Michael Ende
Michael Ende nos presenta en "Momo" a una niña que tiene la virtud de saber escuchar: ¡oh, precioso don! Así arregla conflictos, sólo prestando atención y mostrando interés. Los Hombres Grises, que se alimentan de nuestro tiempo, deciden robarlo y convencen a todos para que lo ahorren, para que inviertan por un buen futuro. Es así como se prescinde poco a poco de las actividades que antes producían placer o satisfacción por considerarse inútiles, pérdidas absolutas de tiempo: visitar a la madre o a un amigo, dar un paseo por el parque, jugar con los hijos... Al final, estos singulares ladrones lo han devorado todo y los hombres, que viven en continuo estrés, obsesionados y malhumorados, no tienen tiempo ni de respirar..., hasta que interviene esta inteligente niña. Pero, ¿y a nosotros, qué Momo nos salva? ¿Por qué nuestros abuelos podían incluso aburrirse mientras hoy vivimos con los glucocorticoides por las nubes, sin ni siquiera sentarnos a pensar? ¿Por qué nos han comido el coco con la historia de que hemos de ocupar cada hora, cada minuto, de que tenemos que ser productivos? ¡huy! En caso contrario, pecaremos de ociosidad. A mí han llegado a decirme en varias ocasiones que estoy muy desaprovechada: !¡apúntate a clases de piano, a yoga, a canto, a senderismo, estudia otro instrumento, otros idiomas, escribe un libro, ayuda en ONG's!". ¡Socorrooooooo! Dejadme primero ser yo, encontrarme conmigo misma. ¿Es que les da miedo precisamente eso, contemplarse desde fuera? ¿Quieren llegar a ser autómatas para no darse el trabajo de administrar su propia libertad? ¿No quieren ser libres, los asusta? ¿Prefieren que otros les dicten, les indiquen, les pauten unos horarios, unas obligaciones? "Tengo que [...]": así lo justifican todo. "No puedo quedar contigo porque estoy muy liada" -es el Leitmotiv de una amiga. Ajá: tus inagotables compromisos para justificar la conciencia son más importantes que yo; ya sé hasta dónde me valoras. Cuando lleguen a viejos y echen la vista atrás, contemplarán cómo se les pasó la vida sin darse cuenta. De tanto hacer planes para el futuro, se les escapó el presente entre los dedos y se quedaron sin pasado. Por favor: ¡no caigáis en esa trampa! ¡Estáis a tiempo! ¡Que no os roben vuestro bien más preciado! ¿Pretendo emular a Momo liberando las flores horarias? Tal vez, mas me temo que no me alzaré con la victoria. Aunque, si desde estas líneas convenzo a algunos para que no se estresen y disfruten despacio de cada momento; lo saboreen; lo paladeen como algo único y exquisito, puedo considerarme satisfecha.
Recomiendo la lectura de "Momo"; poético, apto para jóvenes y adultos en igual medida. Tendría que ser libro de referencia en las escuelas. Los maestros deberían hacer reflexionar a sus alumnos al respecto..., y de paso aplicarse ellos también a la tarea. ¡Gozad de vuestro tiempo, no lo tiréis!
En los tiempos de estudiante universitaria organicé para el Colegio Mayor un curso de Braille que tuvo mucho éxito. Ana, mi mejor alumna a quien llamábamos La Alejandrina por su pasión hacia Alejandro Magno y todo lo heleno, me escribía largas cartas con poemas de Quevedo, versos árabes o reflexiones personales. En la puerta de las habitaciones de mis alumnos pegué una etiqueta con su nombre en Braille y algunos más aparte de Ana adquirieron la regleta y el punzón para poder seguir practicando. Una de ellos, María José, se puso en contacto conmigo hace poco para sugerirme que impartiera un taller de Braille en el colegio de sus hijas. Me ilusionó muchísimo porque a ella creo que no la había visto desde que terminé la carrera. Es médico y tiene dos niñas gemelas de siete años, muy maduras para su edad: Lucía y Candela.
Leyendo el mensaje secreto
Acepté la oferta, claro, mas lo que no sabía era que iba a pasar por todas las clases del centro, el CEIP las Maravillas de Maro (Nerja). Se trata de una escuela pequeñita, con dos y a veces tres niveles por clase y dos maestros en cada aula menos en sexto, creo, a pesar del reducido número de alumnos. Esto supone una indiscutible ventaja porque así los niños reciben una atención personalizada y familiar. Por añadidura, las relaciones entre ellos responden a esa cordialidad, a esa camaradería. Hay ochenta alumnos en total que, sin ningún problema, interactúan con chicos mucho más pequeños o mayores: los aprecian, los ayudan... Incluso, en horario lectivo, los de cursos elevados leen en voz alta a quienes aún no han aprendido a hacerlo. Otro elemento muy positivo es la sorprendente mezcla de países a causa de extranjeros que han elegido este hermoso enclave para instalarse. Conocí a alumnos daneses, ingleses, escoceses, austriacos, italianos, suizos, rumanos, checos, y seguro que olvido más países. Noté esto especialmente cuando escribí el nombre de cada niño en Braille: muchos me lo tenían que deletrear.
Enseñando el uso del bastón a niños de primero y segundo.
La primera clase fue la más entrañable: ¡los alumnos de Infantil! De tres a cinco años. Les leí un cuento adaptado, en tinta y Braille, con hermosos dibujos que incluyen diferentes texturas. Estaban deseosos por tocarlo y un chico escocés, feliz a pesar de llevar sólo dos días en el centro e integrado aunque no comprendiese ni una palabra de español, se echó a llorar exclamando: "I'm angry!". Su compañero no le permitió tocar y pensaba que ya no iba a hacerlo... ¡mas todos tenían su turno! Yo les leía en una silla bajita y ellos, sentados en el parqué ("la Asamblea" lo llaman), me rodeaban expectantes; ávidos, deseosos de aprender. Los críos son científicos en potencia, exploradores natos. Su curiosidad no tiene límites, ni su capacidad para maravillarse. ¿Por qué se va perdiendo todo esto con los años? Sin duda, nosotros tenemos gran parte de culpa al considerar absurdas e impertinentes sus preguntas, no hacerles caso, no enseñarles, ridiculizarlos, no sentarnos junto a ellos a escucharlos, a guiarlos, a compartir; a sorprendernos con ellos.
Estos encantadores niños me despidieron cantando una canción sobre el Espacio que afirmaba que la Luna es un satélite y que la Tierra gira en torno al Sol. ¡Pobre Galileo, que le hicieron la vida imposible por afirmarlo!
Escribiendo los nombres de los niños en braille
A los de 1º y 2º, además de la explicación sobre el Braille, les estuve diciendo cómo me muevo por la calle, para qué sirve el bastón, etc.
En las siguientes clases, de 3º y 4º y 5º y 6º respectivamente, repartí un "mensaje secreto" que tenían que descifrar, y lo hicieron muy rápido: "Leyendo aprendemos, disfrutamos y nos divertimos". Había llevado una revista y algunos siguieron intentándolo con la portada, que al no estar escrita en interpunto (a doble cara) resultaba más fácil. Se maravillaron al verme leer tan rápidamente.
Me encantó la experiencia y estoy dispuesta a repetirla en otros colegios. Los chicos de Maro ya mirarán a los ciegos con otros ojos, y seguro que no olvidarán las nociones del Braille. ¿Quién sabe? Muchas veces sembramos semillas donde menos lo esperamos. Tal vez alguno de ellos, en el futuro, hará algo provechoso por el bien de los discapacitados.
Muchas gracias a María josé por confiar en mí para este hermoso cometido y al colegio por su acogida, entusiasmo y buena disposición.
Soñé hace años que los viejos del lugar estaban reunidos evocando un recuerdo no suyo, sino de sus abuelos y bisabuelos. Hablaban de épocas en que hacía frío. ¡Sí, temperaturas bajas! Incluso con valores negativos. También llovía mucho, nevaba... ¿Nieve? ¿Qué era aquello? Yo lo percibía con tanto realismo que casi era partícipe de tales sensaciones y, por supuesto, me invadía una fuerte nostalgia por la triste pérdida; por nuestro camino inevitable hacia una segura destrucción del planeta.
Súbitamente percibí un murmullo que me colmó de esperanza: ¡lluvia! ¡Por fin! Saqué la mano por la ventana y comprobé con estupor que se trataba de una tormenta de arena; arena y polvo tóxicos; infectos; amenazadores. Me alejé horrorizada mientras alguna extraña alucinación musical me hacía oír un canto de los Alpes, "Jodler": ¡los Alpes! Paisajes maravillosos; nieve; lagos de montaña; glaciares; bosques... Eso habían relatado los ancianos añorantes, eso vivieron sus antecesores.
Hoy, 21 de noviembre, salgo a la calle en mangas de camisa y pienso apenada que lo de mi ficción onírica no es en absoluto inverosímil: ¿os imagináis que se hubiera concebido la situación actual hace 50 años? ¿Cómo será dentro de medio siglo? No llueve, no nieva..., y el aire cada vez anda más sucio. Los gobiernos, en vez de tomar medidas urgentes, rehúsan llegar a acuerdos y destruyen el trabajo alcanzado con esfuerzo a escala internacional. Se lo toman a risa y piensan únicamente en costo económico. En cualquier caso, ¿qué más da? Si la Tierra se torna invivible, ellos ya habrán muerto. ¡Pobre planeta! ¿Qué diría Carl Sagan, de contemplarnos? ¿Es verdad que no podemos ir más allá de una adolescencia tecnológica?
Aunque a partir de ahora pongamos todos los medios disponibles para reducir los gases de efecto invernadero, el daño ya está hecho; y encima la primera premisa jamás se cumplirá: ¡así somos de egoístas y desconsiderados! ¿Tantos años de evolución, de combinaciones y recombinaciones de materia para esto? No conocemos otras formas de vida similares fuera; las condiciones para que existan requieren mucho tiempo, mucho azar y una tremenda adaptación. El Homo Sapiens Sapiens, tan orgulloso de su dominancia intelectual merced a un desarrollado cerebro cuyos misterios está empezando a discernir, es responsable de una hecatombe sin precedentes. Claro que las condiciones de vida se van modificando con el tiempo, van evolucionando: especies que campaban a sus anchas se extinguen, surgen otras nuevas... Ahora, en cambio, con el llamado Antropoceno tendemos a una destrucción absoluta. Durante la Guerra Fría, la amenaza del invierno nuclear revoloteaba sobre nuestras cabezas, ¡y aún no ha desaparecido! Por añadidura, un manto de gases contaminantes no deja escapar el calor e inunda nuestro organismo de porquería que respiramos alegre, inconscientemente.
No sé adónde nos va a llevar todo esto, pero, obvio: el futuro no resulta prometedor. ¡Cuidemos el planeta! ¡Cuidemos la especie, la fauna y flora! ¡Cuidemos la vida!
-¡Tranquilo, amor mío! ¿Has vuelto a soñar?
Eusebio no respondió, imposibilitado por el llanto y la ansiedad que le impedían respirar normalmente. Su cerebro se obstinaba impertérrito en pasarle la misma horrenda película desde hacía ya medio año, cuando ocurriera aquel fatídico episodio que iba a transformarle la existencia:
Serían las once de la noche, tiempo gélido en pleno diciembre, y regresaba de un acto académico por la jubilación de un amigo. El día venidero auguraba ser duro: clases la primera mitad de la mañana, lectura de proyectos de sus doctorandos la segunda y recepción de un colega de Cambridge por la tarde. En estos pensamientos andaba inmerso cuando oyó un rumor tras de sí. Al darse la vuelta observó estupefacto que dos chavales atléticos y con pinta chulesca se dirigían resueltamente hacia él. Antes de que pudiera ordenar sus ideas se vio tirado en el suelo. Los chicos lo golpeaban con saña. Eusebio, dolorido y aún sin comprender, gritó pidiendo socorro mientras se esforzaba por defenderse.
-¡Calla, estúpido!
Siguió la paliza; ya no podía reaccionar. En sus últimos segundos de conciencia vio petrificado de terror al que parecía más joven dispuesto a echarle algún líquido a la cara.
Despertó en el hospital; enfermo, perdido, ausente y ciego por culpa del ácido que le rociaron en los ojos antes de sustraerle todo lo que llevaba.
-¿Me has oído? ¡Ay, cielo! ¡Serénate, por favor: no te mortifiques! Estoy aquí, contigo. Respira hondo.
Eusebio se dejó abrazar, llorando con creciente desesperación y profundo abatimiento.
-¡No volveré a ver nunca; nunca más! ¡Prefiero morir!
-¡Basta, basta! Consigues que me derrumbe, y entonces no te podré auxiliar; me necesitas fuerte a tu lado. ¿No entiendes que con esa actitud desesperanzada y negándote a continuar sólo logras destruirte y hundir a todos los que te queremos?
-Ya no me queréis: os inspiro lástima. ¡Seguro que estáis cansados de mí, pobre ciego inútil!
-¿Lo crees en serio? ¿Ése es tu concepto de nosotros? ¡Vaya ofensa! A estas alturas deberías haber aprendido a conocerme un poquito. Hablarte así me cuesta la vida, me parte el corazón; pero, ¿sabes? ¡Lo hago porque me importas! ¡Reacciona de una puñetera vez! ¡Oh, qué pena; qué triste! Si pudieras hacerte una idea de hasta qué punto me duelen tu desconfianza y tu inagotable rosario de quejas… ¡Así no llegas a ninguna parte! ¿Por qué no abandonas el victimismo y te dejas ayudar? Llama a la Asociación.
-¿Para amargarme? El lunes me hicieron salir con bastón. Es horrible: ¡yo no lo conseguiré jamás!
-Ah, ¿no? Disculpa, ¡no eres el primer ciego del mundo! ¡Oh, Dios mío; lo siento! ¡No llores! ¡Calma, calma! Déjame abrazarte: ¡pobre hombre!
-¡Es que me aterra ir por la calle sin ver! Y el Braille..., ¡una tortura! Ya no podré leer, ni trabajar, ni investigar. ¿Quieres decirme qué hago en casa dependiendo de todos y jubilado con cuarenta años?
-Deja eso ahora y piensa en el homenaje: ¿cuándo vas a permitir que te lo hagan? Ayer volvió a llamar el vicedecano.
-¿Otra vez? ¡Te he dicho que no! ¿Un homenaje por haber perdido la vista? ¡Qué considerados! Llámalo mejor despedida. Además no quiero ver a colegas y alumnos compadeciéndose de mí, dándome la palmadita en el hombro e intentando animarme con frases vacías que ni ellos se creen.
-¿Es que no pueden tenerte cariño? ¿Así se lo pagas? Por favor: ¡llama hoy!
-Bueno, de acuerdo; ¡pero luego me dejáis todos en paz! Estoy tan cansado...
El homenaje tuvo lugar la siguiente semana. Una hora antes del acto fue recibido en el Departamento por sus colegas, que lo abrazaron con el mismo afecto sincero y la calurosa efusividad que siempre le habían profesado. Él se mostró cortésmente agradecido, pero ausente y sin dejar translucir sentimiento alguno: ¿cuándo acabaría todo?
Por fin, la maldita ceremonia. Palabras del Decano: querido compañero; excelente trabajo; un honor para nuestra Facultad que siempre será su casa; lamentamos el trágico suceso; cuente con nuestro apoyo. Aplausos.
Luego intervino Claudio, del Departamento; un estupendo amigo al que se le quebró la voz: querido Eusebio; muy afectados; cuenta con nosotros; no olvides que te apreciamos mucho; ven cuando quieras.
Por último subió un alumno al escenario, ¿cómo se llama? De primer curso, ¡y muy inteligente! Asombrosamente despierto a sus 18 años, le aguarda un brillante futuro si sigue así.
-Querido profesor: me hago eco del sentir de todos sus estudiantes. Lamentamos muchísimo lo ocurrido y deseamos su pronta reincorporación a las aulas. La discapacidad no debe impedirle el desempeño de sus funciones como docente e investigador. No queremos vernos privados de sus enseñanzas ni de su buen hacer por mucho más tiempo. Gracias, estimadísimo maestro, ¡y ánimo!
¿Qué? ¿Volver? Murmullos desaprobatorios, ¡está loco! ¿No se da cuenta de que...? No tenía que haber dicho... ¡Imprudente, poco delicado!
-Ahora cedemos la palabra a nuestro eminente profesor Olmos. Por favor...
Sofía, su mujer, lo acompañó al estrado.
-Distinguido señor Decano; queridos colegas; estimados compañeros; apreciados estudiantes... -¿le temblaba la voz? ¿Se darían cuenta?- Agradezco a todos, y muy efusivamente, por este homenaje y por el afecto y el apoyo que me brindan. He atravesado un durísimo periodo -¡no, no vayas por ahí! ¡Nada de autocompasión!-, mas ahora puedo comunicarles que regresaré en breve a mi trabajo -¿Qué dices? ¡Has perdido el juicio!-. Voy a solicitar un entrenamiento en la Asociación de Ciegos y pronto me hallaré de nuevo aquí, en esta Universidad que tan bien me ha acogido. Claro que precisaré ayuda, pero sé que ustedes no me la van a negar. ¡Muchas gracias!
Aplausos; ovaciones; llanto; comentarios admirativos; bravos y más bravos; un ejemplo, superación... ¡Oh, no! ¡Imposible retener las lágrimas! ¡Maldita sea!
-¡Tranquilo! ¿Te encuentras bien? ¡Me has emocionado, no esperaba esto!
Sofía lo abrazó tendiéndole un pañuelo, que él tomó con agradecida urgencia.
-¡Gracias, cariño! Te quiero mucho y estoy muy orgullosa de ti -añadió besándolo tierna, llorosa, conmovida.
Por primera vez en seis meses, Eusebio sonrió.
Enrique Pérez-Montero, el astrónomo ciego que se ha empeñado en poner el Cosmos en manos de los discapacitados visuales, llevaba ya tiempo hablándome sobre su plan de organizar una visita a este observatorio situado en la Sierra de los Filabres (Almería). Lo consiguió por fin y asistimos el día 30 varios afiliados a la ONCE con sus acompañantes, si bien la afluencia de público fuera muy inferior a las expectativas, con la consiguiente decepción de Enrique y de todos nosotros. Él le pone mucho cariño, lo da todo, y sería deseable que respondiésemos pues se trata de una iniciativa pionera y necesaria: ¿qué impide a los ciegos interesarse por la astronomía? ¿Acaso los videntes pueden observar mucho el cielo? No, por desgracia, y aún menos con esta absurda e incomprensible contaminación lumínica. ¡Nos roban la noche! Eso no quiere decir solamente que no podamos ver las estrellas, algo ya de por sí dramático. ¿Qué me decís de los ritmos circadianos de personas y animales? ¿Y de los obstáculos para la polinización? ¿Y el derroche económico sin objeto?
Con el doctor Enrique Pérez Montero.
Las leyes para proteger nuestros cielos no se cumplen, y en Andalucía directamente han sido derogadas por un defecto de forma. Pero, ¿qué nos ocurre? Calefacciones o aires acondicionados a una potencia insoportable que obliga a llevar chaqueta en verano y manga corta en invierno; ruido por todas partes, demasiado ruido ante el cual, inexplicablemente, casi todos parecen sordos; consumo hasta el exceso, frivolidad... Sí: en vez de interesarnos por el progreso, transcurrimos horas ante la pantallita de un dispositivo móvil escribiendo y compartiendo chorradas. ¡Vaya un desperdicio de tecnología! Y esto de los telescopios, ¿para qué sirve? No os sorprendáis: muchos piensan que es una pérdida de tiempo. ¿La ciencia? ¡Cosa de cuatro locos, raros o excéntricos! ¿De verdad? Pues ante todo no sigáis escribiendo estos sinsentidos ni nada en absoluto empleando unos aparatitos inimaginables sin el desarrollo de una tecnología muy avanzada.
Telescopio de 3,5 metros
Luego no vayáis al microondas o a la cocina de inducción para calentaros la comida, ni a vuestro botiquín a por el medicamento que os aliviaría la jaqueca causada por la lectura de estas líneas. Mejor ir a la cama, pero sin luz eléctrica, y nada de radio antes de dormir, ni de teléfono para consolaros con un amigo, ni de televisión... ¿Vale así? ¿Os vais al campo a vivir de una forma completamente natural y muriendo ante cualquier pequeño inconveniente? Pues si no lo hacéis, ¡dejad de menospreciar la ciencia, por favor! ¿Qué sería de nuestra especie sin ella?
Sistema de rotación del eje polar. Telescopio de 3,5 metros.
El Observatorio Astronómico de Calar Alto está situado a 2168 metros de altitud. Fue fundado en 1973 por un acuerdo con el gobierno alemán y hasta 2005 era operado exclusivamente por el Max- Planck Institut de Heidelberg. los españoles sólo tenían un 10 por ciento del tiempo para observar. Desde 2005, el Instituto Max Planck opera conjuntamente con el Instituto de Astrofísica de Andalucía.
Entre los instrumentos con los que cuenta están los telescopios con espejos de 1,52 metros, de 2,2 metros y el de 3,5, que es el más grande de la Europa continental.
Telescopios de 2,2 y 1,52 metros.
Nuestra visita comenzó con una charla de Enrique interrumpida por Canal Sur Televisión, que vino a grabarnos: "¡Tú siempre sales en la tele!" -exclamó uno de ellos. Realmente he sido muy mediática este último año.
Enrique volvió a mostrar las semiesferas, una representación de la Luna con relieve exagerado para que podamos distinguir los mares, las montañas y los cráteres y algunas láminas con planos del Observatorio y comparación de las distancias entre el Sol y los planetas. Insistió en la idea de que no hace falta ver para interesarse por el Cosmos: ¡es absurdo! ¿Por qué no vamos a querer saber acerca de nuestros orígenes, del mundo en que vivimos y de cómo hemos llegado hasta aquí? Son temas universales, nunca mejor dicho.
Rocío tocando el espectrógrafo de campo integral del proyecto CALIFA montado en el telescopio de 3,5 m.
Marcos, del Observatorio, también estuvo explicándonos lo que se hace allí. Me dolió saber que existe tan poca financiación. Comentó acerca de CARMENES, y a mí me asombra grandemente que se pueda descubrir tanto a partir del espectro de estrellas lejanísimas: ¡parece magia!
Luego subimos a la cúpula del telescopio de 3,5 metros. Hacía fresquito porque allí mantienen la temperatura mínima de esa noche durante todo el día con objeto de que los instrumentos no sufran por los cambios. Hicieron girar la cúpula y yo pude tocar varias partes de instrumentos, lo que siempre se agradece.
Lámina explicativa en braille.
Confío en que Enrique siga contribuyendo a adaptar la astronomía a los ciegos. Ha conseguido que me interese muchísimo por un tema que, lo admito, creía vedado ante mi carencia de visión y mi ignorancia científica. Poco después me animó Stephen Hawking en el mismo sentido, ¡y aquí estoy, fascinada por los misterios del Cosmos! Gracias, muchas gracias a todos.
Me pongo en contacto con su memoria porque en enero leí "Musicofilia", primer libro escrito por usted que cayó en mis manos. Lo devoré en dos días, fascinada ante aquellos increíbles casos y agradecida de que alguien concediera importancia terapéutica a la música y analizara los efectos de este sublime arte en el cerebro.
Me dirigí a su página para felicitarlo, sugerirle una monografía sobre ciegos al estilo de la que escribió dedicada a los sordos y relatarle algunas experiencias musicales, además de inquirirle acerca de particularidades relativas a la depresión que me intrigaban. Cuando llevaba dos párrafos de la carta que iba a enviarle por correo electrónico me asaltó un presentimiento que me hizo revisar su biografía, descubriendo con tristeza que había muerto en agosto de 2015. Entonces cerré el navegador y tal vez no comprenderá mi reacción posterior, o sí, que para eso ha estudiado los entresijos del cerebro. Igual ya lo intuye. Me eché a llorar como si acabaran de comunicarme el fallecimiento de un viejo y querido amigo cuya inestimable ayyuda, sin embargo, no hubiera sabido corresponder o agradecer debidamente. ¿Absurdo? No tanto.
Desde abril de 2016, cuando emergí de las terribles fauces de la depresión, quise saber lo que le había ocurrido a mi mente y cómo puede concebirse que el sistema permita errores tan garrafales como el deseo y la consecución del suicidio que, según creo, es exclusivo de la especie humana. Bueno: exclusivo PER SE, pues otros animales pueden entregar su vida para defender a las crías, genéticamente lógico. ¿Nos produce ese fallo la conciencia del propio final, de nuestro brevísimo paso por el planeta? ¿No estamos preparados para afrontar los requerimientos evolutivos por habernos saltado criterios de la selección natural?
Stephen Hawking, con su extraordinario ejemplo de superación y constancia, me dio una gran lección. Me ayudó tanto que le escribí agradecida, y ahora lo considero amigo aunque nunca vayamos a vernos y por más que yo, un fan entre millones, no le importe nada en absoluto. Intrigada ante su esclerosis lateral amiotrófica empecé a indagar más en cuestiones sobre el cerebro, así que desemboqué en usted por dos caminos. A estas alturas, además de varias monografías sobre la depresión y otras obras que divulgan la neurociencia (Sigman,Punset,Damasio,Ramachandran,Jauset y Sapolsky), he leído 12 libros suyos y voy por el decimotercero, precisamente la autobiografía. Adoro sus casos clínicos novelados, y el saber que existen tantos síndromes extraños me hace experimentar mayor fascinación por nuestro cerebro y maravillarme ante el hecho de que éste funcione correctamente; por regla general, claro. Pero volveré luego a comentar su obra. Sigo ahora explicando lo de mi llanto:
Cuando usted murió, y unos años antes, andaba yo muy ocupada con mi anhedonia, mi pensamiento recurrente en bucle, las ideaciones suicidas, el insomnio, la segregación masiva de glucocorticoides... ¿Cree que se me habrá dañado el hipocampo de por vida? Yo no detecto fallos de memoria, si bien aquel periodo lo reviva nebulosamente porque, claro, no fijaba los recuerdos. Había poco que interesara rememorar de aquella tortura, y además la carga emocional era inexistente. Llamémoslo "efecto impermeable": cualquier cosa que pasara a mi alrededor me producía indiferencia, y nada podía compararse, a mi juicio, con lo terrible de mi estado, con la anestesia del sistema límbico. ¿Estoy hablando correctamente? Aludo a ese coma emocional; a la incapacidad para llorar, reír, conmoverme ante cualquier cosa, sentir placer... Yo, apasionada de la música, no podía escucharla: ¡había dejado de significar algo para mí! No me había olvidado de discriminar los aspectos musicales, pero era como si me hablaran en otro idioma: no me transmitía nada. Si me hubieran dicho que se acabaría el mundo en pocas horas por la colisión de un asteroide, tampoco me habría alterado lo más mínimo. En enero de 2016 hubo un terremoto; no recuerdo el epicentro, pero se notó en la capital granadina. Yo estaba acostada con mi insomnio habitual cuando de golpe escuché un ruido de cristales, y la cama se movió hacia los lados, como si me acunara. Era la primera vez que presenciaba tal fenómeno geológico e ignoraba su magnitud, pero me dio igual. No me asusté; no salí a la calle; no alerté a mis padres, que dormían en la habitación contigua. Entonces no hubiera movido un dedo por mi vida; es más: tal vez la hubiese arriesgado, negligente, en mi afán de concluir tamaño sufrimiento.
¿Entiendes ahora el porqué de mis lágrimas, querido Oliver? ¡Oh, disculpe...! ¿Le importa que lo tutee? Es que... ¡También tú te deprimiste, y estuviste a punto de morir a los 34 años por efecto de las drogas! ¿Cómo osaste arriesgar tanto? "Sacks llegará lejos, si no va demasiado lejos" -decía un informe de tus profesores cuando eras adolescente. Pero, las drogas... ¡Maldita espiral diabólica! Claro: la dopamina al mil por ciento; luego bajón; después, insensibilidad absoluta; aumento de la dosis para alcanzar el equilibrio; mayor insensibilidad y más alto el umbral... ¡Pero tú eras neurólogo! Menos mal que fuiste lo suficientemente sensato como para detenerlo a tiempo. No hubiera yo leído tus geniales obras (ni nadie)(. ¿Y qué me dices de los pacientes? Habrían perdido mucho; algunos de los que sobrevivieron gracias a ti hubieran muerto... Y los postencefalíticos no habrían conocido aquel despertar, manteniéndose en el limbo hasta sucumbir sin ser investigados y en el olvido más profundo de una clínica para incurables. ¡Vaya, esto parece "Qué bello es vivir"! Si lo hubieras sospechado cuando te atiborrabas de anfetaminas... ¡Pobre Oliver! ¡Tan solo en la alienación...!
Seguro que hubieses respondido a mi carta de haberte escrito antes. Y si hubiera descubierto tus libros diez años atrás, por ejemplo, ¿habrían frenado mi caída hacia el abismo? ¿Me habría ayudado poseer un mayor discernimiento sobre el cerebro? ¿Habría podido relativizar? ¿Me habría dirigido a ti durante la crisis y tú me hubieses auxiliado, consolado, aconsejado? Tal vez hubiese ido a visitarte a Nueva York en busca de mi propia existencia, sepultada bajo montañas de anhedonia y tedio. Un día soñé que lo hiciste; que me ofrecías diligente el firme asidero de tu mano en aquel oscuro periodo, detenías emocionado, afectuoso y comprensivo mi llanto sin lágrimas y me liberabas por fin de la insoportable y eterna angustia, guiándome con tranquilizadora y cálida hsonrisa hacia la olvidada senda de mi propia vida y sus goces. luego tal vez habrías escrito sobre mí.
¿Qué hubieras hecho conmigo desde tu óptica neurológica, psiquiátrica y humana? ¿Qué hubieses encontrado en mi cerebro, de escanearlo? ¿Se trataba de una depresión normal o habría otros rasgos visibles? ¿Hubieras recurrido a la estimulación magnética transcraneal, la estimulación del nervio vago o la terapia electroconvulsiva? ¿Se sigue aplicando y es eficaz ésta última? ¡Qué horror! Perder memoria... Siempre asocio esta terapia a torturas o castigos, e imagino al paciente, por supuesto atado y contra su voluntad, retorciéndose de dolor y sufriendo terribles convulsiones epilécticas. Ya, ya sé que hoy día se aplica anestesia y menor voltaje, pero...
Me asomran los procedimientos empleados en el siglo XIX (y posteriormente) para terminar con la depresión: una rueda que te hace girar y girar hasta el mareo y la náusea, coma insulínico, baños gélidos o hirvientes, quemaduras, descargas, provocar el vómito... ¡Pobres criaturas! Y bueno: eso de la lobotomía... Aquí se permitía en la época de Franco para "curar desviaciones" como la homosexualidad: "el paciente no ve bien, tiene problemas para hablar, presenta descoordinación y torpeza de movimientos, pero parece haber abandonado su desviación sexual". No es broma: estoy tomando la idea de un informe redactado por Juan José López Ibor. ¡Qué animaladas! ¡Huy! Me acuerdo ahora de los pacientes a quienes cortaban el cuerpo calloso, no sé si era para frenar la epilepsia. ¡Incomunicación entre ambos hemisferios, qué desbarajuste! Es que una lesión cerebral acaba con la persona, porque la cambia totalmente; como en el caso de Phineas Gage y otros lesionados de la corteza prefrontal. ¡Oh! Me sorprendió tanto lo del músico que confundió a su mujer con un sombrero... Capaz de hacer una descripción exactísima de un guante y una flor al tenerlos ante él, pero sin saber lo que eran. Y los gemelos matemáticos, ¿cómo lo harían? Ese libro lo devoré en una tarde. Pienso que el cerebro oculta mucho de su potencial, como demuestran casos de savants buenísimos en una disciplina, a pesar de su nulo desarrollo en todas las demás. ¿Es que se hipertrofia una zona en exclusiva? ¿Cómo se pueden contar más de cien cerillas al instante de caer, o resolver complejísimas operaciones sin ni siquiera ser consciente de que se hace, y siendo absolutamente retrasado? Ah, al respecto me impresionó muchísimo Derek Paravicini, el pianista ciego savant con memoria y oído musicales increíbles.
En realidad, todos los casos que describes me han cautivado. He leído ya lo que hay disponible en bibliotecas de ciegos, espero encontrar más obras tuyas en soporte electrónico accesible.
Cuando te preguntaban a los cinco años qué era lo que más te gustaba en el mundo, respondías que el salmón ahumado y la música de Bach. ¿Tus padres no te comían a besos? Y luego hubiste de ir a aquel internado con el maldito director sádico que os pegaba. ¿Caería tu hermano en la esquizofrenia por su culpa, o por el acoso del colegio posterior? ¡Qué horrible! ¿Y nadie hacía nada? ¿Cerraban simplemente los ojos? ¿Los niños no acusaban al director? ¿Nunca lo contaste? ¡Pobre criatura! Eso, unido al trauma de la guerra... Pero, ¡qué inteligente y curioso eras, ya tan pequeño! ¡Cuánto sabías de química y cómo te cautivaba la ciencia! ¿Te arrepientes de no haber sido químico o biólogo? Bueno; parece que en la investigación tenías mala suerte. Creo que lo que hiciste fue lo mejor, si consideramos tu empatía, tu humanismo y tu curiosidad; la capacidad de escuchar, comprender y valorar al enfermo en todos los ámbitos. Estupendo que no obviaras su estilo de vida y sus aficiones, que los vieras desenvolverse en su entorno. Es que las personas no somos un número: tenemos una historia previa, un contexto... Tantas y tantas cosas que los médicos deberían valorar... Desde mi humilde opinión veo que la medicina general está demasiado burocratizada.
¡Qué cruel es la envidia! Lamento tantas injusticias como sufriste: tu jefe en la clínica de migrañosos, tus colegas a propósito de las investigaciones con los postencefalíticos... Ardo de indignación por lo que acabo de leer. Cuando estabas en esa unidad con jóvenes autistas y retrasados a los que trataban como a ratas de laboratorio y tú te esforzaste porque aquello concluyera estimulándolos, potenciando sus habilidades y gustos, sacándolos de excursión; queriéndolos, en definitiva, te topaste con el muro del descrédito y la oposición de los responsables. Steve, el chico autista que pronunció su primera palabra cuando lo llevaste al jardín botánico, se hubiera suicidado el día que te marchaste por culpa de tan burdo acoso, si no lo hubiesen detenido a tiempo. ¡Malditos estúpidos, acusarte de abusos sexuales a tus pacientes! ¡Qué ruin, zafio, bajo, indigno y rastrero! Yo habría llorado de pura tristeza, sin comprender la monstruosidad a la que puede llegarse porque sí; el daño gratuito que somos capaces de infligirnos.
¿Por qué sufro constantes rumiaciones oníricas de anhedonia desde mi salida de la crisis? ¿Es normal, o supone una latencia de mi depresión lista para emerger? El inconsciente no me ha proporcionado más recurrencias, sólo ésta. Se trata de episodios muy similares: yo estoy con amigos, o haciendo algo -da igual el contexto-, pero no lo puedo disfrutar por el fallo en la transmisión serotoninérgica. Curiosamente, sé que no voy a encontrarme bien ya nunca. La tristeza, el lamento y la asfixiante angustia son enormes. A veces trato de ocultarlo; no quiero que los demás se enteren...
Ya que estamos de confidencias y puesto que, al igual que a mí, te gustan las cartas largas, voy a relatarte mi único caso de alucinación musical. Ocurrió en 2011. Hubo en España un brote de sarampión y yo tuve la mala suerte de recibir a estos malditos virus, ¡a los 31 años! ¿Acaso no me vacunaron? ¿Estaba estropeada la vacuna? Nunca lo sabré, pues la cartilla ha desaparecido y antes no informatizaban los datos sanitarios. Lo pasé muy, muy mal. El médico de cabecera no acertó con el diagnóstico, llegando a recetarme antibióticos que me destrozaron el estómago. Los antipiréticos servían de poco y yo me mantenía impertérrita en los 39 o 39,5, hasta que me llevaron al hospital. Era lo último que me apetecía, pues me encontraba tremendamente débil. "¡Dejadme en paz, quiero estar tranquila!" -gemí aun conociendo mi derrota. Me tocó esperar en urgencias, con la calefacción muy alta a pesar de los 28 grados Celsius de temperatura exterior. Junto a mí había otros enfermos cuyos virus podían aprovechar la ocupación de mi sistema inmunológico para colarse. También estaban atendiendo a un suicida frustrado. Cuando llegó mi turno ardía de... ¿Fiebre? No; curiosamente no andaba muy alta, pero el ambiente del hospital era sofocante. ¿Por qué lo hacen? En verano, los enfermos tiritan con la climatización: una estupidez que encima tiene alto coste energético.
Todos, incluso el pediatra, parecían perdidos. Me hicieron varias radiografías que no condujeron a nada y, cuando ya iba a empezar a plantearme mi pronta muerte por culpa de algún exótico virus tropical, se me ocurrió sugerir (estaba inspirada, pues ni siquiera sospechaba lo del nuevo brote) que nunca había padecido algunas enfermedades infantiles como el sarampión. El pediatra consultó la Wikipedia (¡créeme, Oliver: fue así!) y luego me tomó varias fotos, lo que acrecentó mi sensación de bicho raro. Cuando salí de la consulta me encontré con mi vecina de silla en la espera, una amable viejecita de baja extracción cultural:
-¿Qué era?
-Sarampión.
-¡Ya lo sabía yo! Se lo estaba diciendo a mi hija: "esa chiquilla tiene sarampión".
¡Cuánto vale la experiencia, y qué poco se la considera! Pero me temo que estoy perdiendo el hilo:
Tras someterme a infructuosas radiaciones, el médico se dispuso a inyectarme algo; creo que metamizol magnésico (Nolotil) ante la persistencia de la fiebre. Mientras me pinchaba perdí el conocimiento. Sentí de golpe mucha paz, un extraño y reconfortante placer y, curioso, ¡oí una música! Digamos mejor una secuencia de notas, creo que seis, repetidas de igual manera y con el mismo ritmo; una especie de nana o mantra que logró su efecto. Luego -no sé cuánto tiempo después, me dicen que tras unos pocos segundos- percibí voces: "¡Levántale las piernas!". "¿Qué van a hacer ahora conmigo?" -pensé con muchísimo disgusto, y entonces no pude discernir nada más: no supe qué o quién era, dónde estaba o qué significado tenía aquello, lo que fuese. Era como un ordenador reiniciándose. Tengo la imagen de efectuar un considerable esfuerzo por poner en pie los recuerdos; todos los recuerdos; mi yo, mi persona al completo. Fue bastante incómodo. ¿Ocurre esto siempre tras un desmayo? Pero esa felicidad, ese bienestar..., y la música... Me dije entonces que la muerte, pese a todo, no había de ser tan terrible. La duda que me surge es si mi cerebro cayó en la inconsciencia por una súbita bajada de la presión arterial a causa del medicamento o bien motivado por el fuerte deseo que tenía de calma y soledad.
Tienes razón, querido Oliver: muchos pacientes nos pueden enseñar lo indecible sobre el funcionamiento de un individuo sano, y desarrollar capacidades que no hubieran sido descubiertas sin la dolencia. Mira a Hawking, por ejemplo; no habría llegado donde llegó. La ELA constituyó un incentivo. Paradójico, ¿verdad? ¿Conociste a Hawking? Tú has tratado a muchos pacientes como él. ¿Qué ha hecho el bueno de Stephen para superar todos los récords? Seguro que lo han ayudado su voluntad y su afán de aprender. Bueno, y la suerte: si se le hubieran atrofiado los músculos de la deglución... ¡Ay! Lo abrazaría ahora mismo, pues en cierto modo me ha salvado la vida.
Te dejo por ahora. Quizás incluya algunas reflexiones tras haber concluido tu autobiografía. Eres muy valiente al hablar así sobre tu lado oscuro y las intimidades privadas. ¡Oh, cuánto amabas la Naturaleza! Me hubiera encantado pasear contigo por un bosque inglés dgozando de ella y preguntándote sobre ciencia, o nadar en algún río o lago; pero yo nado sin estilo y con escasa velocidad, aunque sirva para no ahogarme. ¿Me hubieses impartido alguna lección? Fue buena idea cambiar la moto por la bici a comienzos de los 70. ¿Sabes que, pese a mi ceguera, aprendí a montar en bicicleta con 10 años? Ya no me atrevo a cogerla desde hace mucho tiempo, mas me apetece un montón ir en tándem: ¿me habrías llevado? Luego hubiéramos asistido a un concierto de Bach, y después nos habríamos concedido el disfrute de una cena con salmón ahumado, ¿qué te parece? ¡Ah, hubieses podido acompañarme al piano en algún aria! Y me habrías relatado curiosas historias de tus pacientes y de tus enriquecedores viajes.
¡Ay, cuánto me gusta soñar despierta! ¿Eso es un síndrome?
Muchas gracias por tu contribución a la neurología y al progreso humano en general. Con ojos llorosos lamento no haberte podido conocer, y ahora te abrazaría con el mismo sentimiento de gratitud que te invadió tras la noticia de tu pronto final. ¡Con cuánta serenidad y calma lo aceptaste! Nunca podrás consolarme, ni enjugar mis lágrimas. Tal vez incluso me hubieses reprendido por sucumbir al llanto: derroche inútil de energía y pérdida de tiempo, ¿verdad? Mejor no enfadarnos por lo que no podemos cambiar, ¿cierto?
Agradezco infinitamente tu enorme aportación como médico y como persona; tu calidad humana; esos magníficos libros y la inapreciable labor divulgativa. Ya no existes, y sin embargo vivirás mientras perduren tus obras, dignificando el nombre de nuestra especie. ¡Gracias, Oliver, y hasta siempre!
Tuya:
Rocío.
IN MEMORIaM
Oliver Sacks (1933 - 2015).
Artículo: Oliver Sacks despidiéndose tras conocer la noticia de su cáncer terminal.
De nuevo he tenido la inmensa suerte de participar en el curso de música antigua de Galaroza. Van por la sexta edición (¡idiota de mí, me he perdido cuatro!) y confío en que se siga organizando, porque hasta ahora carece de subenciones y si no ha muerto es por el tesón de la familia Sosa con la logística y por el compromiso y el amor al trabajo de los profesores, que imparten clases de forma totalmente desinteresada.
En Aracena hubo una muestra de música antigua que duró bastantes años; yo fui en 1995 al concierto de presentación de la Orquesta Barroca de Sevilla: ¡ya ha llovido! Una pena que entonces no se me ocurriera participar: era casi una niña e imaginaba que no tendría el nivel suficiente, aunque la flauta la toco ahora prácticamente igual que entonces; o tal vez peor, pues en aquella época recibía clases de Guillermo Peñalver y Vicente Parrilla. Tenía que haberme lanzado, pero en fin: al tiempo no se le puede dar marcha atrás.
La muestra de Aracena finalizó en 2007 porque, con la crisis, le retiraron todas las subvenciones. Ya se sabe: la cultura es lo primero que cae; y algo tan minoritario como la música antigua no suele ser tenido en consideración por los grupos políticos. Me entristece tanto todo esto... Luego subvencionan espectáculos zafios y contraculturales; en televisión nos bombardean con programas tipo "Sálvame" donde priman la chabacanería, el insulto y la absoluta ineducación; la obscenidad; la ofensa... Si al menos el Ente Público formara a los ciudadanos, si los sistemas de enseñanza reforzaran lo que tienen que reforzar (una sólida base humanística y científica, un correcto sistema de valores y espíritu crítico), ocurriría lo de Alemania: que en la tele enseñen latín o hablen de la antimateria, pongan conciertos, ópera y teatro a horas sensatas y haya lugar para un canal educativo como ARD-Alpha.
Conclusión: ganas me dan de emigrar a Alemania, o al menos por temporadas; pero mientras tanto, y por suerte, contamos con pequeños oasis como este festival enmarcado en un pueblecito de la sierra de Huelva, surgido de la nada por la iniciativa de José Luis Sosa y cuya labor agradezco desde aquí. José Luis, profesor de contrabajo en Jaén, toca el violone y su primo Carmelo el sacabuche. Antonio, hermano de José Luis, es el alcalde del pueblo y Emi, otra hermana, maestra. Ella implica siempre a los niños en el festival: este año han hecho un teatrito sobre don Quijote y han bailado pavanas y gallardas. No quiero excluir aquí a María Luisa, madre de los Sosa, cuyo buen hacer en la cocina hemos disfrutado todos. Tampoco me salto a Toribio con su hostal, donde muchos integrantes del curso encontraron alojamiento y casi todos hemos desayunado.
Con salmorejo casero y jamón de Jabugo en sangre hemos podido afrontar las exigencias de cinco días bastante intensos. Yo, como cantaba y tocaba la flauta, me he visto muy comprometida. En el concierto final intervine en seis piezas. Particularmente difíciles para mí fueron las obras policorales sin partitura. En el "Duo Seraphim" de Guerrero, para tres coros, estaba yo sola en el coro 3; por suerte me doblaban instrumentos, pero memorizar tus entradas en este tipo de polifonía resulta todo un reto. Salí airosa, menos mal; también de la sonata de Schmelzer para siete flautas de pico. Sí: este año había más flautistas, y de calidad; sobre todo Iria, ginebrina de padres gallegos que vino desde Suiza con su profesor. Tiene 17 años y ya es un portento, le aguarda un futuro brillante.
La Cantata de Riccio ("IUBILENT OMNES") sí dio tiempo a ser transcrita en la ONCE. Propongo pues, para cursos sucesivos, que se sepa con bastante antelación qué obras van a ser ejecutadas y en qué coro o parte voy a intervenir, de modo que me puedan transcribir sólo mi voz, lo que aligera las cosas. Me salva mi memoria musical, mi intuición y, claro, el haber escuchado mucha música del periodo.
Aparte de las clases específicas, de flauta y canto en mi caso, teníamos ensayo de consort, de tutti y cámara. Hicimos varias partes de L'Orfeo de Monteverdi, yo canté en "Vieni, Imeneo", "Lasciate i monti" y fui solista en el prólogo: ¡la música! Sucedió algo divertido en uno de los ensayos, cuando el profesor preguntó quién era la música y yo respondí: "La musique c'est moi". Cristina Bayón, mi profesora de canto, insistió en que hiciera teatro; en que marcara cada parte con el afecto propio, lo que estaba diciendo realmente. Por supuesto introduje ornamentación monteverdiana.
Hubo dos breves talleres: uno de glosas y otro de introducción a la modalidad. En el primero se nos pidió que glosáramos sobre un canto llano de Diego Ortiz, ¡y se me dio hasta bien! El profesor, Manuel, me felicitó y luego toqué mi glosa en el concierto junto con otros tres glosadores.
El taller de modalidad fue más duro. Teníamos poco tiempo y claro, explicar en tres cuartos de hora el complejo sistema modal... Obvio, a base de pizarra y con rapidez; no pude asimilar mucho, por lo que al final exclamé: "¡Alamirre!". Quien quiera entender esta expresión, que se aventure en el solmisar: ¡no me pregunten!
Javier Artigas nos deleitó con el órgano del pueblo de al lado, Castaño del Robledo. También dieron un concierto los profesores; muy hermoso, a pesar de haber ensaayado sólo un rato la noche antes. El 6 tuvimos el esperado concierto de alumnos, que duró dos horas y media: ¡qué público más paciente! Los cachoneros tienen el privilegio de contar una vez al año con esta música de calidad, con profesores y alumnos que hablan de sus instrumentos y divulgan este mundo.
El entusiasmo fue grande y al final me felicitó gente del pueblo: "¡te vamos a hacer cachonera!". Una señora, Inma, me vio actuar el año pasado y fue éste a verme ex profeso desde Aracena: "voy a pasar por diálisis, tienen que trasplantarme un riñón. He grabado tu voz para ponerte en los momentos duros; te llevaré siempre conmigo. No sabes lo importante que es para mí haberte conocido". ¡Qué emoción!
También estaba Carmen, presidenta de la Federación Andaluza de Enfermedades Raras. Trabaja en el CERMI y es amiga de Isabel Biruet, consejera territorial de la ONCE en Andalucía.
Tanto Bárbara Sela, la profesora de flauta de pico, como Cristina Bayón me dieron la enhorabuena. Ambas me ven más relajada y han notado el progreso en un año. Dice Cristina que expreso mejor y proyecto más la voz, y Bárbara apunta que se me ve disfrutar; o sea, no doy la imagen de alguien que se pone nervioso, intimidado por el público. Es que eso ya no me sucede desde hace más de un año, cuando aprendí que no tengo que demostrar nada a nadie, sino transmitir; gozar de lo que hago; meterme en la música.
El tiempo ha volado y me apena tener que esperar tanto para el próximo, aunque he encontrado la forma de consolarme: frecuentar otros cursos de música antigua, aunque sea en el extranjero. En septiembre hay uno en Jimena de la Frontera; en octubre otro en Inglaterra precisamente de la Selva Morale e Spirituale. Por cierto: Grazie, divo Claudio! Es magnífico este autor, y tiene unas obras tan pegadizas y tan actuales... ¡Debería conocerlo todo el mundo! Desde que hice las Vísperas en Ludlow he cantado muchas composiciones suyas, ¡y si supierais lo que me ha alegrado...!
Con mis buenos amigos Richard y Jorge.
Termino dando las gracias a todos una vez más; y, por supuesto, a cada profesor:: Javier Artigas, Xabi Puertas, Sara de viola da Gamba, Silvia de violín, Bárbara y Cristina, los míos, Manuel con su corneta y sus glosas; Ana Moreno de clave... ¿Olvido a alguien? También agradezco a todos mis acompañantes. Rafa, el del laúd, es el marido de Sara y sus dos niños, de seis y ocho años, se inician en la música antigua. El mayor estudia viola da gamba con la madre y el pequeño clave con Ana. ¡Resulta tan hermoso verlos...! Un ejemplo más de que, con la formación, la educación y los estímulos adecuados, se puede lograr cualquier cosa.
Espero que todos nos volvamos a encontrar en otra magnífica experiencia musical. ¡Os adoro!