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martes, 13 de junio de 2017

En sus manos.

"Pero yo creo que la mente libre e investigadora del individuo es la cosa más valiosa del mundo. Y por eso lucharé a favor de la libertad de pensamiento, para que pueda seguir la dirección que desee, sin imposiciones ni ataduras. Y lucharé contra cualquier idea, religión o gobierno que limite o destruya al individuo".
John Steinbeck: AL ESTE DEL EDÉN.
“El aspecto más triste de la vida actual es que la ciencia gana en conocimiento más rápidamente que la sociedad en sabiduría”.
Isaac Asimov.
I
Alan se despertó sobresaltado: ¿había oído golpes en la puerta, o era sólo fruto de su imaginación? Pero no: violentos e insistentes porrazos lo sacaron de toda duda, arrojándolo por completo de las pacíficas regiones del sueño.
-¡Abra! Somos funcionarios del Estado. Se trata de un asunto de gran importancia.
-Pero..., ¿a estas horas? Deben de haberse equivocado.
-¡De ningún modo! Usted es el profesor Ringe, neurocientífico, programador informático, investigador...
-¿Qué quieren de mí?
-Tenga la bondad de abrirnos la puerta y se lo explicaremos tranquilamente.
Alan obedeció, aún aturdido, y hubo de frotarse los ojos creyendo haber vuelto a la profundidad de los laberintos oníricos: tres hombres armados con pistolas paralizantes lo rodearon.
-Será mejor que colabore; no queremos hacerle daño.
-¡Oh! ¡Socorro, me atacan!
La fuerte descarga lo dejó aturdido e incapaz de cualquier otra reacción. Sus captores lo ataron, lo amordazaron y le vendaron los ojos.
Alan no salía de su asombro. Fue introducido en un automóvil, que recorrió un trecho de quince minutos..., ¿o estaba dando vueltas por el mismo sitio? Finalmente se detuvo en algún lugar tranquilo. Le retiraron la venda y lo hicieron caminar, escoltado y con las manos atadas a la espalda, hasta una casa cercana; no muy grande, no muy nueva, con un pequeño jardín. Lo condujeron al salón y lo obligaron a sentarse en el sofá, sin aminorar un ápice la vigilancia.
-Somos del Servicio de Inteligencia.
-¿Cómo? ¡Me retienen contra mi voluntad! ¡Me han secuestrado! Los denunciaré y...
-No puede hacer nada. Repito que no queremos causarle daño y, si colabora, todo irá bien.
-Pero, ¿cómo se permiten estas prácticas? ¡vivimos en un Estado de derecho!
-Olvídelo. La Policía Secreta tiene sus propias leyes. Ahora haga el favor de hablarnos de las investigaciones que está llevando a cabo.
-¿Para qué?
-¡Maldita sea: no nos haga perder más tiempo! ¿o acaso está pidiendo otra ráfaga de descargas?
-¡No, por favor: se lo ruego!
-Bien: en su último artículo, publicado por revistas científicas de prestigio internacional, expone la posibilidad de controlar la mente de cualquier persona.
-¡No, no es eso! Se trataría de activar, según convenga, diferentes regiones del cerebro, implantando un microordenador que sería accionado por control remoto. Podría accederse al cerebro de estos pacientes desde cualquier lugar, a través de un sistema de claves que nos haría conectar con su computador interno. Aplicaríamos descargas en diversas áreas dañadas para mantenerlas permanentemente en su normal funcionamiento, o por el contrario reduciríamos la excesiva actividad que caracteriza a muchas dolencias; todo ello a través de flujos o interrupción de corriente dirigidos a distancia con precisión nanométrica. Así liberaríamos quizás a muchos paralíticos por enfermedades neuronales, o reduciríamos el dolor crónico, o contribuiríamos a la sensible mejora de trastornos mentales como la depresión, las manías, la hiperactividad o la esquizofrenia. Diversos especialistas de todo el mundo, debidamente autorizados, podrían tratar a estos enfermos sin las incomodidades inherentes a los continuos desplazamientos y al elevado coste.
-¿Se da cuenta de lo que eso significa?
-¡Claro: toda una revolución! Nos quedan muchos frentes de estudio, pero los resultados de que disponemos hasta ahora son sumamente alentadores.
-No me refiero a eso, sino al control mental.
-¿Cómo?
-Ustedes pueden manejar cerebros a distancia.
-Bueno, en cierto modo... Se trata de activar diversas regiones: la corteza motora primaria en paralíticos por trastornos neuronales; el nucleus accumbens para determinadas dolencias psíquicas; el área de Broca o la de Wernicke ante afasias y otros trastornos del lenguaje... Un equipo de especialistas ha de estar vigilante, sobre todo en las primeras sesiones; pero se puede trabajar a distancia, observando al paciente por videoconferencia y monitorizando su cerebro. Cuando tuviéramos los datos de cómo han de ser estimuladas dichas regiones cerebrales en cada caso concreto y hubiésemos enseñado a nuestra máquina a interactuar con el resto del organismo, el tratamiento sería automatizado por el programa y podría aplicarse convenientemente sin gastos adicionales o incómodos y tediosos procedimientos. El microchip inteligente y programable llegaría a actuar como si fuera la parte inoperativa o lesionada, reemplazándola de forma totalmente compatible y sin ulteriores secuelas.
-Pero..., ¿no se da cuenta? Está diciendo que es posible controlar cualquier mente, manejarla a voluntad.
-No: yo no...
-¡Cállese! Esa técnica sería un arma poderosísima para políticos, multinacionales..., ¡todo ente u organismo que aspire al poder mediante el control absoluto! Un medio perfecto de manipulación.
-En ningún momento pretendimos...
-¡Sí, claro! Ustedes trabajan por el bien de la Humanidad y sólo buscan el progreso, ¿cierto? Quieren reducir el porcentaje de enfermedades, publicar artículos y cosechar premios, para erigirse en héroes salvadores.
-Disculpen: me dedico desde hace años a la investigación. Si algunos de nuestros trabajos resultan útiles y contribuyen a erradicar dolencias hasta ahora incurables, así como a ampliar el conocimiento de nuestro cerebro, puedo considerarme satisfecho.
-¡Claro, santo varón! Desde ahora, sin embargo, usted va a trabajar para nosotros, y pondrá su ciencia a nuestro servicio.
-¿Qué? ¿Quiénes son ustedes? -inquirió horrorizado, mirando por turno a los tres carceleros como si sólo entonces se le revelasen por primera vez.
-El Gobierno. Con sus métodos podríamos disfrutar muy pronto del poder absoluto. Controlaríamos a toda la población, a todo el mundo de una forma tan sutil, que nadie podría advertirlo. Induciríamos pensamientos y estados mentales; provocaríamos a voluntad sensaciones de odio, veneración, amor, repulsa o éxtasis; conseguiríamos que las masas nos adoraran hasta límites inimaginables sin haber disminuido en ellas la ilusión de libertad. Por eso lo necesitamos urgentemente, señor Ringe. No hace falta que le indique, eminente profesor, que se trata de una misión de altísimo secreto y que cualquier mínima delación por su parte produciría como consecuencia su aniquilamiento inmediato; bien en forma de muerte física, desaparición o neutralización de su cerebro. Desde este preciso instante, pues, usted es uno de nuestros intelectuales; se encuentra al servicio del Estado. En apariencia, sin embargo, continúa con su vida normal.
-¡No! ¡Jamás! Aún vivimos en un Estado de derecho: ¡podría denunciarlos!
-Hágalo. Con un poco de suerte, y siendo en extremo generosos, acabaría encerrado de por vida en una clínica psiquiátrica. Lo más útil y cómodo para nuestra seguridad y para reducir gastos sería, como bien sabe, que lo despachásemos en el acto y sin dejar huella, lo que, dicho sea con franqueza, no íbamos a lamentar mucho.
A Alan se le aceleró el pulso y empezó a sudar copiosamente. Nunca antes había experimentado semejante pánico; tamaña conciencia de fragilidad, pequeñez y desamparo. Intentó hablar, pero no lo consiguió hasta pasados unos instantes debido a la sequedad de boca y al nudo que se le había formado en la garganta. Efectuando considerables esfuerzos por dominar el temblor de manos y piernas y la inseguridad de su voz, trató en un último y desesperado intento de hacer entrar en razón a aquellos interlocutores sin escrúpulos:
-Por favor, ¡olvidemos esta charla! Me niego a utilizar mis conocimientos para fines perversos. Nuestro trabajo es indispensable y, si proseguimos con la línea de investigación que iniciamos hace ahora cinco años, podríamos revolucionar la neurociencia. La calidad de vida de los seres humanos aumentaría y muchísimas enfermedades...
-¡Déjese de monsergas: no nos importan! Es tarde para echarse atrás, porque, llegados a este punto, usted sabe demasiado. Ahora lo llevaremos a casa y dentro de unos días volveremos a buscarlo; siempre de noche, siempre en secreto. Oponer resistencia es absurdo: ya está en nuestras manos, de modo que le aconsejamos que no se esfuerce por revertir la situación.

Amanecía cuando lo dejaron frente a su portal. Alan, completamente desmoralizado y aún temblando de miedo, se dejó caer en un sofá y dio rienda suelta al llanto, desgarradora corriente de lágrimas que lo dejó completamente rendido.
-¡Nunca avanzaremos, nunca -gemía-! Somos crueles, indignos, ¡abyectos! Tantos millones de años de evolución para autodestruirnos... ¡Idiotas, imbéciles, malvados, cobardes! ¡Estamos locos! Corrupción, poder..., ¡eso es lo que cuenta! Sólo eso, sólo eso... ¡Me cuesta creerlo! La puñetera ambición lo devora todo. ¡No puede ser, no puede ser...!
Se lamentó así durante toda la mañana, balbuciendo entre sollozos y mesándose el cabello. Alrededor de las doce comió cualquier cosa sin entusiasmo, mecánicamente, para volver enseguida a derrumbarse en el sofá.
Una semana después, cuando los agentes secretos forzaron la puerta, encontraron el cuerpo en la cama, inerte. En su escritorio, junto a varios libros, el ordenador, una botella de whisky casi vacía y dos envases de somníferos, reposaba la siguiente nota:
"Me obligan a hacerlo. Siempre trabajé para ayudar a otros, y ahora pretenden que me ponga a su servicio con el propósito de destruir. ¡Jamás! Espero que no logren sus fines. Espero, por el bien de la Humanidad, que el progreso venza a la barbarie".

II.
-¡Alan! ¡Por fin abres los ojos! ¿Puedes oírme? ¡Oh! ¡Responde! ¡Haz algún gesto! No has muerto de milagro, ¡maldita sea! ¿Por qué no nos avisaste? ¿Por qué no dijiste nada? Si llegamos a tardar un poco más... Pero... ¡Lo siento! No es éste el momento para recriminaciones. Tampoco quiero asustarte. El peligro físico ha pasado; toca ahora luchar con las secuelas del estrés postraumático.
Alan miró sin ver a su interlocutor. ¿Qué era todo aquello? ¿Dónde diablos estaba? ¿Y por qué tenía tanto miedo? Miedo a algo terrible..., ¿qué podía ser?
-Soy Marcel, tu colega. Estás a salvo. Hemos temido realmente por tu vida, y habrías muerto si no hubiésemos estado alerta. ¡No me lo habría perdonado!
Alan intentó hablar, pero le fue imposible. Había empezado a desenmarañar los embrollados hilos de su memoria, y de golpe vio a aquellos tres hombres dispuestos a aniquilarlo; volvió a experimentar el miedo pánico; nuevamente lo invadieron el desánimo y la desesperanza más terribles y por último se imaginó tragando con desapego la mezcla de pastillas y alcohol. ¿Lo habían salvado? Marcel lo miraba compasivo.
-Tranquilo -exclamó tomándole la mano-. Esperemos que todo quede en una anécdota. Ahora descansa.


-¿Cómo lo hicisteis?
Alan ya se encontraba completamente restablecido, a excepción del insomnio y los terrores nocturnos que se empeñaban en acosarlo sin tregua. Marcel y Berta lo habían acogido amable y hospitalariamente en su casa y, con infinitas dosis de cariño y paciencia, lo extrajeron del profundo estado de conmoción en que se hallaba. Lógicamente no podía seguir viviendo oculto y con miedo; urgía, pues, que abandonase el país lo antes posible. De alguna forma se alegraba, porque la investigación iba empeorando a pasos agigantados y los brutos e irracionales gobernantes se dirigían sin escrúpulos hacia posturas totalitarias, pisoteando los derechos más elementales. Sus colegas irían emigrando también en busca de ambientes donde el avance, el progreso no fueran aniquilados ni los científicos perseguidos. Con un poco de suerte serían contratados, lograrían financiación y continuarían desarrollando aquel innovador proyecto en otra parte.
-No fue nada fácil -respondió Marcel-. Estuvimos a punto de ser descubiertos, y entonces sí que habríamos perecido todos. ¿Cuánto tiempo tendría que transcurrir hasta que otros llegasenn a nuestras mismas conclusiones? Pero, Alan: ¡estás llorando!
-Es que..., ¡os habéis arriesgado tanto por mí...! Y yo, sin embargo... ¡Lo siento! ¡Perdí la cabeza! No quería... ¡No tenía escapatoria! De verdad que lo lamento. ¡Perdonadme!
-¡Déjalo! Ya ha pasado. ¡Mas no vuelvas a hacerlo! Estamos aquí para ayudarnos: ¡tenías que haber avisado! El miedo, claro: es muy fuerte. ¡Basta, por favor! ¡No te alteres! Relájate. Se requiere tiempo para superarlo, ¡pero lo conseguirás! Has demostrado ser muy fuerte y racional.
-¡Me habéis salvado la vida...! No sé cómo daros las gracias.
-Nos hemos salvado todos: somos un equipo. Ahora tienes que perdonar nuestra osadía. ¡Una suerte que fueras el primero!
-¿De qué hablas?
-Has sido el primer implantado. Te sometiste voluntariamente al experimento, ¿recuerdas? Hace seis meses; para ver cómo interactuarían nuestros computadores inteligentes con el cerebro.
-Claro, junto a otros doscientos voluntarios; y los resultados fueron más que alentadores.
-Sí, pero te ocultamos algo: te implantamos el chip. Has sido nuestro primer sujeto de estudio con el microordenador incorporado. No sufras: en cuanto te hayas instalado felizmente en otro país y estés por completo fuera de peligro, lo desactivaremos.
-¿Por qué lo hicisteis? ¿Por qué no me lo dijisteis? -preguntó mirándolo con cierta aprensión.
-Porque, de haberlo sabido, los resultados no hubieran sido fieles. Necesitábamos para este tanteo experimental a alguien completamente ajeno.
-Entonces, ¿ése fue el motivo de que me anestesiarais al final? Nunca entendí vuestra obstinación: lo veía tan raro... ¿Qué necesitabais que no fuese suficiente con una resonancia magnética o una tomografía por emisión de positrones? Sabía que me engañabais. Claro: la confidencialidad del experimento; las prometidas aclaraciones posteriores... No logré sacaros nada.
-En efecto; creo que no te convencimos del todo, mas sólo era posible revelarlo después del estudio; de ahí la obligación de mantenerte inconsciente. Fue un burdo engaño poco ético; un atropello.
-¡Me habéis traicionado -exclamó con honda desilusión-! Creí que éramos amigos. Y ahora, ¿cómo recuperaré la confianza en vosotros?
-¡discúlpanos! Era necesario. ¡No íbamos a hacerlo con alguien de fuera! Tú al menos perteneces al equipo y habías manifestado en bastantes ocasiones deseos de probar. Sabíamos que te gustaría cuando te lo explicásemos; sin embargo precisábamos tu inocencia, como te he dicho, para no echarlo todo a perder. La operación era sencilla y en absoluto riesgosa, y los beneficios... Tal vez estés contribuyendo a la curación de muchas enfermedades, ¿qué dices al respecto? ¡Nos has aportado datos interesantísimos! En estos seis meses hemos avanzado más que en veinte años, aunque todavía nadie lo sepa. Pero, por lo que más quieras: ¡no pongas esa cara! ¡Alégrate! ¡El maldito chip te ha salvado! He aquí los Primeros logros de nuestro proyecto.
-¿Cómo?
-Desde que te lo implantamos hemos observado tu cerebro; hemos trabajado a distancia y hemos probado a activar y controlar diversas regiones con resultados excelentes, menos aquel día. Esto nos lleva a pensar que la amígdala y el hipotálamo, en circunstancias de miedo extremo, ejercen un bloqueo tan grande que aún no hemos logrado superar la barrera con los flujos de corriente actuales. Además intuimos que el ordenador no estaba preparado para mitigar una reacción tan fuerte; no hemos conseguido emularla en su programación con tanta intensidad y con ese realismo. Es un error muy grave que ya estamos subsanando.
-¿Y cómo supisteis...?
-¡Tranquilo! En este tiempo hemos vigilado a ratos tu cerebro, como te digo; hemos tratado de interactuar con él y el programa ha ido analizando, archivando, corrigiendo. Aquella noche estaba yo de guardia cuando se encendieron todas las alarmas. Naturalmente habíamos previsto desde el principio que se activasen las señales de alerta ante una situación de peligro, y eso fue lo que ocurrió. Confieso que me asusté tremendamente al ver la intensísima actividad en la amígdala y el hipotálamo. Incluso llegué a pensar que se tratase de un error informático, pero por supuesto decidí actuar con rapidez.
Pedí inmediatamente al ordenador que enviase la localización de tu cerebro y nos dirigimos allí sin perder un segundo; Berta, Ingo y yo. Era una casa con jardín, en las afueras de la ciudad. Tuvimos el tiempo justo para escondernos, porque enseguida salieron tres hombres que te conducían con las manos atadas y los ojos vendados.
-La semana que viene volvemos a buscarte; siempre de noche. Ya te hemos dicho que oponer resistencia es inútil -decía uno de ellos.
Esto nos relajó un poco, nos daba un margen de tiempo. Te metieron en un coche, y Pudimos seguirlo sin ser advertidos; te dejaron en casa. Mi primer impulso fue entrar a verte, mas pensé que tal vez te asustaría, que necesitarías dormir y que, como a fin de cuentas teníamos una semana, bien podría visitarte al día siguiente: ¡qué error! Si hubieras muerto..., yo... ¡No lo habría soportado! ¡Me habría asfixiado la culpa!
-¡Oh, Marcel! ¡Ahora eres tú el que llora! Ya ha pasado, y en cualquier caso tú no hubieses sido responsable de nada; es muy fácil hablar a posteriori.
-Querido..., todos los días me hago la misma pregunta. Si no hubiese llegado a tiempo...
-¡Esa hipótesis es absurda y lo sabes; un derroche inútil de esfuerzo! ¡Déjalo ya, te ruego! ¡No te tortures! Yo también me culpo: lamento no haber avisado; haber sido tan cobarde, causándoos tanto trastorno. Mas no podemos revertir la historia y afortunadamente seguimos aquí. ¿Qué ocurrió después?
-Bien: por la mañana me vi obligado a resolver algunos asuntos, y sólo a la caída de la tarde tuve un rato libre. Antes de pasar a visitarte eché un vistazo al historial de tu cerebro en aquel lapso de tiempo: el miedo había sido reemplazado por una terrible angustia, y después nada: ¡un vacío de emociones! ¡Lentitud, inactividad, inconsciencia...! En serio, ¡no sé qué me asustó más! No pedí al programa que actuase: ¡otro error! Pero ya era demasiado tarde y yo sabía que tenía que ir a tu casa sin perder un instante. Menos mal que no cerraste la puerta con llave, pude abrirla fácilmente. Cuando te encontré... ¡Casi me desmayo!
Te tratamos en secreto. Si te hubiésemos llevado al hospital, se lo habríamos puesto en bandeja.
El plan se me ocurrió en un arrebato, porque era preciso que se olvidaran de ti y dejasen de acosarte. Arriesgamos estúpidamente, lo sé, y la broma nos hubiera costado carísima. Podía haber fallado todo, mas al parecer esos imbéciles creen que los demás somos idiotas y no investigan mucho. La tarde del día en que supuestamente iban a buscarte preparamos un cadáver de la sala de autopsias. No se parecía a ti, francamente, pero lo maquillamos un poco. Tuvimos que recomponerlo, porque presentaba algunas lesiones que hubo que disimular. Si hubiesen mirado de cerca habrían advertido que algo no cuadraba, y fue toda una suerte que dejaran el cuerpo donde lo hallaron, sin interesarse al respecto. Querían tus servicios. Una vez que ya no pudiste serles útil, te abandonaron.
-¿Entonces colocasteis otro cuerpo en mi lugar?
-Exacto. Dejamos tu nota, el alcohol y las pastillas, y tú estabas ya desde hacía tiempo a buen recaudo. ¡Ay, si hubiese llegado unos minutos más tarde...! Has vuelto a nacer, amigo mío.
A Alan se le atragantaron las palabras de agradecimiento. Con los ojos anegados en lágrimas se levantó y abrazó a Marcel, con quien había contraído una deuda de por vida. Le regalaba así los años que le quedaran de existencia. ¿Serían buenos o malos? ¿Tendría suerte? ¿Lograría el propósito de sus investigaciones? ¿Se vería obligado a atravesar muchos momentos sombríos? ¿Se casaría, formaría una familia? Nada de eso importaba en aquel momento.
"La ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda".
Voltaire.
"El que la ciencia pueda sobrevivir largamente depende de la psicología; es decir, depende de lo que los seres humanos deseen".
Bertrand Russell.

10 comentarios:

  1. ¡Sencillamente magnífico Rocío, muy triste el final eso sí, pero magnífico! ¡Enhorabuena!

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  2. Es que otro final se cargaría el propósito de la historia: denunciar la barbarie, la manipulación, la codicia… Y mira que me apena matar a un investigador tan eminente, cuyos logros habrían revolucionado la neurociencia.:-)

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  3. Además, en esta era corrupta donde tantos se venden, mi relato pretende ser una oda a la integridad, así como una denuncia a los atropellos que se cometen en países supuestamente civilizados. No señalo a nadie... :-)

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  4. Genial Rocío, sencillamente genial.

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  5. Segunda entrega. Eso se pone muy interesante...
    Me pregunto qué pasará después...
    Muy bueno, Rocío
    :-)
    Rafa

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  6. ¡Espectacular ese segundo capítulo! ¡Enhorabuena Rocío!

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  7. Esto empieza a ponerse más que interesante, me gustarían más capítulos, pero sé que estas cosas hay que pensarlas y organizarlas a más largo plazo, las cosas no salen aquí te pillo aquí te mato, esto puede dar para una novela...
    Gracias por esta nueva entrega.
    Un abrazo.

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  8. Bueno, tú fuiste mi principal animador. En cierto modo te debo el segundo capítulo. Pero, ¿no está ya cerrado?

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  9. Puedes cerrarlo o continuarlo, como tú decidas. Ahorras mismo es un relato que puede convertirse en una novela.

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  10. Me lo pienso; pero he resuelto tantas intrigas que ahora dejo el resto vacío. De haberlo sabido, lo habría espciado todo.

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