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domingo, 26 de febrero de 2017

La carta que nunca leerá Carl Sagan.




Habitamos un universo donde los átomos se fabrican en los centros de las estrellas, donde cada segundo nacen mil soles, donde la vida nace entre estallidos gracias a la luz solar y a los relámpagos en los aires y las aguas de planetas jóvenes; donde la materia prima de la evolución biológica se fabrica a veces en la explosión de una estrella a medio camino Del centro de la Vía Láctea, donde una cosa tan bella como una galaxia se forma cien mil millones de veces: un Cosmos de quasars y de quarks, de copos de nieve y de luciérnagas, donde puede haber agujeros negros y otros universos y civilizaciones extraterrestres cuyos mensajes de radio pueden estar alcanzando en este momento la Tierra. ¡Qué pálida son en comparación con esto Las pretensiones de la superstición y de la pseudociencia! ¡Qué importante es que hagamos progresar y comprendamos la ciencia, esta empresa característicamente humana!
. Carl Sagan: "Cosmos".

Nada tan rico como el inagotable caudal de la Naturaleza. Tan sólo nos muestra superficies, pero su profundidad es de un millón de brazas.
Ralph Waldo Emerson.

Queridísimo, sapientísimo, gran doctor Sagan:

Bueno, no sé qué tratamiento aplicarte. ¿Prefieres profesor Sagan, o simplemente Carl? Tras casi dos meses oyendo tu voz... ¡-Qué razón tienes, cuán maravillosos son los libros! Puedo acudir a ellos tantas veces como quiera y gozar de la compañía de genios presentes y pasados. ¡Ay! Si no nos hubiésemos encargado de destruir tanto saber... Como a ti me indigna sobremanera lo de la Biblioteca de Alejandría, y comparto el pensamiento de nuestro veloz progreso si la barbarie y la sinrazón no hubieran pisoteado el conocimiento jonio. Escribí unas líneas en homenaje a Anaxágoras, Sócrates, Hipatia y algunos otros grandes frenados abruptamente en su búsqueda del conocimiento:
También arremetí contra la intolerancia religiosa, cosechando muchas críticas por ello:
¡Oh, Dime, te ruego: ¿Por qué ocurre esto? Parece ser que estamos lejos, a años luz de conseguir esa hermandad humana que predicas, sin rechazo cultural, para poder seguir construyendo y hablar en nombre de la Tierra. La amenaza nuclear no es tan evidente como en tus tiempos; o al menos quiero creer que no, pero... El Estado Islámico comete tropelías que no relato por miedo a las lágrimas, y en el otro extremo de esta palanca mortífera de primer grado -por tipo de palanca y por destructora- se amontonan gobiernos occidentales de extrema derecha y principios absurdos, como el de Donald Trump. ¿Qué hubieras escrito si lo hubieses visto? ¿Crees que todos esos bárbaros no fueron acariciados en su niñez? Sí: los pequeños que sufren maltrato no desarrollarán el cerebro con normalidad; en él quedarán secuelas para toda la vida. Sólo tras la adolescencia se consolida el centro de control cerebral y las huellas anteriores de la barbarie humana lo dislocan, en mayor o menor medida. ¿Por qué somos así? Capaces de crear sublimes obras de arte y, al mismo tiempo, de levantar la mano contra una tierna criaturita indefensa (!viles, cobardes, sádicos abyectos: dañar a niños!!!) contra la esposa; contra alguien que piense de modo diferente al nuestro. O de estrellar aviones y colocar bombas donde sea, ¡contra la especie, Homo Sapiens Sapiens! Temía a las lágrimas y ya han nublado mis ojos. Siento que no estés aquí para abrazarme y consolarme. Quisiera pensar que nuestra inteligencia evolucionará con objeto de  frenar la autodestrucción..., ¡pero sé que es una utopía! !Asimov, trae a los de la Segunda Fundación! Querido Carl: te fuiste casi un lustro después que el gran Isaac, a quien sin duda conociste. De adolescente soñaba con esa inteligencia benefactora que manipula nuestras mentes para erradicar el mal. ¡Ay! ¿Por qué nos dejasteis tan pronto? Ahora tendrías 82 y yo podría dirigirte mis líneas realmente, y tal vez responderías a mis muchas dudas. En junio descubrí el coloquio televisivo que mantenéis Stephen Hawking, Arthur C. Clarcke y tú: ¡es tan interesante...! Me encanta que prologaras la Historia del Tiempo de mi amigo Hawking, libro que me hizo emerger de las tinieblas emocionales e interesarme por nuestro cosmos. Bueno, en realidad fue la película "La teoría del todo", que no conoces, basada en la vida del genial Stephen a quien supongo que admirarías como yo: ¡el triunfo de la inteligencia, la constancia, el tesón y la voluntad!

Hace más de un mes empecé tu magnífico libro, viaje personal por el universo y las civilizaciones. ¿Por qué no se me ocurrió antes? Asimov pide que leamos y que aprendamos nosotros mismos, desde casa, con hipotéticos superordenadores conectados al mundo para uso personal, que ya existen desde hace tiempo en todos los hogares. Hawking me llevó a sus libros de divulgación científica; luego exploré por algunos programas de radio y televisión y me entusiaasmé con la neurociencia de la mano de Mariano Sigman y Oliver Sacks. ¡Ay, el gran Sacks, cómo valoraba la música! La empleó en sus terapias con increíbles resultados, y aquí la tenemos tan infravalorada... Bach, sé que lo adoras: ¡lo mandaste al espacio! ¡Lo mencionas en tu "Cosmos"! También amas a Beethoven, tejido musical en momentos cruciales de la serie. Con ambos músicos, de hecho, finaliza el capítulo 13 y último. Compartimos pasión, amigo. ¡Ven, que necesito abrazarte de nuevo! He llorado tanto con tu libro... Y me he sentido tan..., tan... grande y pequeña a un tiempo... Quasars y quarks, galaxias y átomos; y en un insignificante rinconcito nosotros, una anécdota cósmica. No sé cómo nos obstinamos durante tanto tiempo en ser el centro de la Creación, y todavía lo predican muchas religiones. También pretendemos trascender, buscar una finalidad, una inmortalidad... ¡Con lo aburrido que ha de ser! Hasta hace nada,  nuestra esperanza de vida era de unos 30 años; ahora la hemos duplicado de sobra. ¿Qué provoca esto? Inadaptación biológica, depresiones, hastío... ¡No estamos preparados! Como predijo Asimov, tenemos todos los cacharritos que queramos a nuestro servicio y sin embargo nos aburrimos, recurriendo a la psiquiatría. Yo misma colapsé y quise abandonarlo todo, pero Hawking me resucitó, entre otros. Si vamos a pasar vivos una minusculez, ¿a qué tanta prisa por destruir la vida? ¿Tanta evolución, combinación y recombinación de átomos de hidrógeno para autoinmolarnos? ¡No, no tiene sentido! No habría leído tu "Cosmos" si hubiese sucumbido; no habría conocido a Hawking; no habría gozado de la compañía de buenos amigos, ni de ratos estupendos con lecturas, música, paseos, viajes... Y ahora, en una madrugada de domingo, no estaría escribiéndote. ¡Oh, Carl! Necesito abrazarte de nuevo, y ya van tres. A veces me siento muy sola, muy incomprendida. Seres como tú me hacen ver que mi forma de pensar es lógica y que grandes hombres la comparten; pero... ¡Estáis lejos, o muertos! ¡Oh, cuánto os adoro! Ponéis la ciencia, la cultura en nuestras manos; nos la brindáis en bandejas de oro para que la degustemos a placer y gocemos de sus beneficios. ¡Qué magna obra de generosidad!
Te incluyo aquí la carta que escribí a Hawking, allá por mayo, cuando estaba alcanzando el horizonte de sucesos emocional. 
Aún me veía incomprendida y de golpe, en un extraño arranque, sentí que únicamente Hawking estaría capacitado para  entender mi angustia, mis pesares, mi soledad. Busqué esa comprensión a través de una misiva lanzada al ciberespacio, pero mientras la redactaba me di cuenta de que tampoco sería tan dramático si Hawking pensaba como los demás; como muchos que me ridiculizaron y denigraron, que me llamaron loca e ignorante. Ya daba igual, mientras que yo no renunciase a mi propia identidad y al progreso personal, buscando siempre la superación y contribuyendo, desde mi rinconcito, a mejorar el mundo. No tengo niños a los que acariciar, y a este paso nunca dispondré de pareja y descendencia. No me preocupa, aunque me obsesionara durante las crisis, cuando mi soledad se me hacía insoportablemente cruel. Pero, ¡Me está permitido ayudar a mis congéneres! Tal vez lo haga incluso con estas líneas, o com mis artículos "disuacidas" Y a diario con mis allegados, demostrándoles amor. ¡Qué insustancial se vuelve nuestra sociedad! Todo va muy rápido, cada uno se envuelve en su propia nebulosa y no interactúa. Los dispositivos móviles están haciendo mucho daño. ¡Qué pena! Una tecnología tan maravillosa en cualquier bolsillo, fatalmente usada. Tienes razón: no sabemos gestionar nuestros medios.
Carl, grande y sabio: ¡explícame por qué estoy llorando ahora! ¿Tal vez porque quisiera que estuvieses aquí, que me ilustrases, que tomases mi mano y me condujeras por el Cosmos? ¡Ayúdame! ¡Quiero seguir aprendiendo! Hay tanto por conocer... Pero siempre seré una gran ignorante, sobre todo en ciencias: nunca me enseñaron bien las matemáticas y me disuadieron haciéndome creer idiota. Si tal cosa ocurre durante la más tierna infancia, te puede dañar permanentemente. Ahora no soy buena con el cálculo mental; no tengo lógica; no sé operar; no puedo abstraer... ¡Ay, qué analfabetismo! ¡Perdóname, por favor! Quisiera ser capaz de procesar mejor la información para así poder comprenderos con mayor plenitud. Deseo llegar a la ciencia. ¡Y acabo de terminar "Cosmos", qué pena! Por suerte me quedan nueve episodios documentales que trataré de ver en inglés, si los encuentro, para estar contigo realmente y dejarme fascinar por tu propia voz. He descargado tus memorias del ciberespacio, así como "El cerebro de Broca" y la "conexión cósmica". Soy muy curiosa y los hojearé pronto. ¡Oh, escribes sobre el cerebro, con lo que me entusiasma! ¡Qué prodigio la evolución perpetrada en la corteza! Por cierto: las depresiones trastornan el nucleus accumbens del sistema límbico, anulando nuestra curiosidad y nuestro interés por carecer de estímulos y recompensas. ¡Cuántos suicidios podrían haberse evitado con la ayuda, el tratamiento necesarios! ¿Por qué suele culparse a los deprimidos de su enfermedad? ¡Otra carga más que soportar! Yo llegué a asfixiarme por la culpa; llegué a ansiar mi propia muerte como única liberación. ¡Carl, ayúdame! ¡No permitas que estalle en lágrimas! A propósito: ¡vas a odiarme por llorar tanto! No pretendía angustiarte ni enturbiar tu recuerdo, con todo lo que has hecho por mí, por nosotros. ¡Cuán desagradecida soy! Pero..., ¿me comprendes? ¿Me aceptas? ¡Sí, claro! Si la especie humana hubiera aprendido a tolerarse, a pesar de sus minúsculas diferencias... ¡Cuánto habría avanzado! Ahora no estaríamos hablando del Daesh, ni de Donald Trump, ni de atentados terroristas, violaciones, maltrato infantil o a la pareja, intolerancia religiosa o política...

El día se abre paso. Fuera canta un mirlo. Estoy en Inglaterra, en casa de un amigo de Cranfield. ¡Qué maravilla vivir en plena naturaleza! Le damos la espalda cada vez más, ¡y eso es tan malo...! Habitamos en cajitas superpuestas, circundados de estruendo y prisas; de gente que camina sin mirar, oye sin escuchar y habla sin comprender, empujando y rezongando. ¡No, no, no! ¿Es el ocaso de nuestro avance? ¿Sucumbiremos? El mirlo emite dos notas rítmicas, repitidas. Ahora acaba de cambiar su canción, con otro esquema. ¡Y otro! ¡Qué variedad! No se parece a la ballena yubarta. Me identifico con estos cetàceos porque el sonido me sirve para orientarme: ¿qué sería de mí, ciega, sin la ecolocalización? Al igual que a estos mamíferos, la contaminación acústica me perturba grandemente. ¡Oh, cuánto ruido hay en nuestra sociedad, real y figurado! Cada vez nos comunicamos menos, y algún día ni sabremos hacerlo. ¿Para eso tantos siglos de evolución del lenguaje? Orwell tenía razón: eliminamos palabras y, con ellas, los conceptos, las ideas.
¡Abrázame de nuevo, Carl! Hoy me encuentro especialmente triste: ¿sabrás perdonarme? Seguro que sí, porque eres tan sensible... Me identifico con esa sensibilidad, y como tú adoro y admiro los árboles. Un día soñé que estaba en el bosque, junto a uno de ellos,, y de pronto se desencadenó un incendio. Iba a salir corriendo, mas algo me detuvo: "Si este árbol va a morir, moriré con él!". Imbuida por tan fuerte determinación me abracé a su tronco. El fuego avanzaba rápidamente; podía olerlo, oír el crepitar  y sentir su calor. Sin embargo, yo permanecía impertérrita aferrada al árbol y a mi destino mientras lloraba por aquel nuevo daño infligido a la Naturaleza. Cuando, antes de ser alcanzada por las llamas, mi cerebro decidió arrojarme del sueño, pude comprobar con sorpresa que tenía los ojos anegados en lágrimas.

¡Oh,Adorado, humanísimo Carl! ¿Me dejas llorar sobre tu hombro? ¡No lo entiendo! Ni siquiera cuando escribí a Hawking sucumbí tanto! Bueno, es que... ¡Se trata de la emoción! Me has conmovido hasta el tuétano con tu libro, ese poético canto a la vida. Si hubiese mucha más gente como tú en este pálido planeta, nuestra especie y todas las que lo habitan tendrían más esperanza, más posibilidades de no autoinmolarse. ¡Pero no! Si pudieras ver lo que está ocurriendo ahora..., lo que ha sucedido en estos años... Aunque tu época anduvo bastante más convulsa, con la amenaza nuclear ciñéndose sobre vuestras cabezas. ¡Viste de lejos la II Guerra Mundial, y las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki! También la partida de ajedrez a ambos lados del Telón de Acero, con el muro de Berlín, la Stasi, la caza de brujas, las horrendas, espeluznantes purgas soviéticas, el maoísmo, el salvaje y gratuitamente cruento apocalipsis de Vietnam, las guerras de Irak y Afganistán...! ¿Vivías aún cuando los talibanes destruyeron los budas? Fue el año de tu muerte, si no recuerdo mal. ¡Ah, olvidaba el genocidio de Uganda! ¡Y Pol Pot, y las terribles dictaduras sudamericanas, con torturas y muertes orquestadas por un cruento Estado del terror! Esos torturadores... ¿Por qué? ¿No los acariciaron en su infancia? ¿Cómo podían permanecer impertérritos mientras infligían un lento, aniquilador daño a sus víctimas? ¡Igual que los nazis! ¡O los "interrogadores" de Guantánamo! Trump defiende ahora estas prácticas en público: ¡no puedo creerlo! ¿También lo maltrataron cuando era niño? ¡Explícamelo! ¿Por qué nos deleitamos con el padecimiento ajeno? ¡Ven, aplaca mi llanto! ¡Consuélame de algún modo! "Kommt, ihr Töchter, helft mir klagen". Seguro que tú también adorabas esta magna obra de Bach, que plasma el sufrimiento humano con toda su crudeza, y la injusticia, la barbarie en general. No importa que el papel protagonista lo desempeñe Jesús, podría haber detentado cualquier otro nombre; el de la especie humana al completo víctima de la sinrazón de sus propios miembros. A veces también me planteo qué pensaría un observador extraterrestre mucho más civilizado, cómo lamentaría nuestra intolerancia y nuestra barbarie; el daño que causamos a la Tierra; los esfuerzos por invertir en armamento y afanarnos en cruentas guerras o gobiernos de terror, en lugar de querernos, amarnos, consolarnos, acariciarnos y cuidar un planeta que ha llegado tan lejos, una inteligencia tecnológica adolescente que vive en él. ¡Pobre pequeño mundo! ¿Cuál será su inmediato destino?

Te dejo, querido Carl; no es mi deseo molestarte o atribularte. Pero... ¡Aguarda! ¿Prometes seguir iluminando mi senda hacia el conocimiento? ¿Prometes no abandonarme, no dejarme sucumbir, colapsar de nuevo? Hawking tampoco lo permitiría; ni Asimov; ni... ¿Por qué habéis muerto tan pronto? Hawking ha cumplido 75, él sí nos honra con su presencia. Algún día lo abrazaré como merece; pero a ti... ¡Sólo puede ser figurado, y lo lamento!
¡Gracias, muchas gracias por tu contribución al progreso humano! Te adoro. Ahora mismo abro el libro y vuelvo a oír tu voz, a través de la distancia y el tiempo. ¡Ven, dime que llorar no tiene sentido! ¡Persuádeme del gasto de energía innecesario! ¡Repíteme que hay mucho por descubrir en nuestro Cosmos, que es absurdo dejarse cegar por las lágrimas y no contemplarlo! ¡Abrázame! ¡Tómame de la mano y condúceme por lo grande y lo pequeño! ¡Haz que me asombre ante la majestuosidad de un árbol y el melodioso canto de un pájaro! ¡Explícame cómo se ven las estrellas, cómo se percibe una galaxia o se descubre una partícula subatómica! ¡Déjame ver a través de tus ojos sensibles y ávidos de conocimiento! ¡No permitas que me venza el pesimismo! ¡Guíame!




Hemos empezado a contemplar nuestros orígenes: ?sustancia estelar que medita sobre las estrellas? Conjuntos organizados de decenas de miles de billones de billones de átomos que consideran la evolución de los átomos y rastrean el largo camino a través del cual llegó a surgir la consciencia, por lo menos aquí. Nosotros hablamos en nombre de la Tierra. Debemos nuestra obligación de sobrevivir no sólo a nosotros sino también a este Cosmos, antiguo y vasto, del cual procedemos.
Carl Sagan: "Cosmos".
Por mi parte, me gusta vivir en un universo que encierra aún mucho de desconocido y que, al mismo tiempo, es susceptible de llegar a ser interpretado. Un universo del que lo conociéramos todo sería estático y deprimente, tan aburrido como el cielo que nos prometen ciertos teólogos pobres de espíritu.
Carl Sagan: "El cerebro de Broca".

3 comentarios:

  1. Una vez más te expreso mi profunda admiración por esas palabras Rocío... seguro que, allá donde quiera que esté, las podrá leer aunque sea figuradamente. No puedo añadir nada más... sencillamente... ¡Maravillosa carta!

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  2. ¡Maravillosa carta!
    Me hace sentir acompañado; gracias, mil gracias.

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  3. ¡Hala! A ti, a usted, a Su Excelencia. ¡Qué bellas palabras! Me hacen sentir reconfortada.

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