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lunes, 1 de agosto de 2016

Celia, de Elena Fortún: compañera de infancia.








Como Celia, tenía yo siete años: la edad de la razón. Estaba concluyendo la tierna cartilla con la que tantos niños ciegos aprendimos a leer, escrita por los insignes profesores y maestros de la ONCE -¡ambas cosas juntamente!- don Guillermo Canelo, el único que en toda mi vida me hizo entender y respetar las Matemáticas (aunque, debido a mi falta de base anterior y posterior, siga siendo una ignorante) y don Blas Garcés, padre de mi querida seño Araceli a quien apenas conocí (murió el buen hombre cuando yo tenía nueve años).

Al final de esa cartilla había una recomendación; un ruego; no sé exactamente cómo llamarlo. Entonces ignoraba que aquella frase marcaría mi vida para siempre. No la recuerdo literalmente, pero rezaba más o menos así:
"Ahora ya sabes leer. Puedes ir a la biblioteca y pedir tus propias lecturas, los libros que te gusten".

Yo, con mi edad de la razón casi recién estrenada, hice lo propio. En el colegio de la ONCE de Sevilla contábamos con una biblioteca estupenda, de la que a priori ya me fascinaba ese olor a papel grueso, casi a pergamino; a encuadernado; a... No sé exactamente, mas yo lo asociaba con algo bello.

María Cabanas era mi maestra entonces; lo fue durante los cursos tercero, cuarto y quinto de EGB. Hay muchas cosas de esta señora que no me gustaban, y algunos de los métodos por ella empleados me traumatizaron para siempre; pero ya no importa: María ha muerto, lo hizo sin mala intencion y, por supuesto, la he perdonado. Se trataba de una persona muy culta y con afán lector, y por aquel entonces era responsable de la biblioteca.

Entré en aquella habitación con olor a saber y pedí, obediente, lo que se me recomendaba en la cartilla:
-¡Hola, seño! Vengo a por un libro.
María depositó en mis manos "Celia, lo que dice", de Elena Fortún; libro escrito en 1926 por una mujer nada al uso: una intelectual casada con otro literato de afición y militar de profesión, pero frustrada por esconder sus inclinaciones homosexuales y por la muerte de uno de sus dos hijos, con tan sólo diez años. Una soñadora que, como su personaje Celia Gálvez de Montalbán, buscaba refugio en la fantasía. ¿Quién fue Elena Fortún y por qué se la desconoce tanto?
Publicó los relatos de Celia y de su familia (sus hermanos Cuchifritín, Teresina y María Fuencisla (Mila) y sus primos Miss Fly, Pili y Matonkikí) en el suplemento de ABC "Gente Menuda", del que era directora y al que dio un nuevo aire, renovando por completo la literatura infantil y juvenil.
Celia me cautivó desde el principio, porque en cierto modo se parecía a mí: desclasada, descontextualizada, imaginativa y soñadora en grado sumo; claro que mucho más traviesa y curiosa que yo: debido a mis miedos con origen clarísimo en la ceguera, nunca me atreví a experimentar tanto ni a cuestionarme tantas cosas.
Celia se pregunta por el mundo en el que le ha tocado vivir; aquella insulsa sociedad altoburguesa: ñoña, encorsetada y llena de prejuicios. Ella prefiere jugar con sus amigos los desarrapados, mucho más interesantes y divertidos; pero éstos la rechazan por "niña bien y remilgada". Los adultos no la entienden y parecen -o son de facto- más idiotas que los niños, quienes sin embargo han de callar debido a su corta edad e inexperiencia.

A los diez años vino "Celia, madrecita". Otros muchos títulos de la saga los salté por no hallarse presentes en la biblioteca del colegio. Aquí vemos a una chica bien distinta: con 14 años, su familia medio arruinada y la madre recién muerta. Ahora ella, guardando luto riguroso, ha de tomar las riendas y ocuparse de todo: cocina, limpieza, cuidado de un padre abrumado y deprimido y de unas hermanas pequeñas (a Cuchifritín lo habían enviado a Londres a un internado, costumbre al parecer muy propia de la alta sociedad de entonces).

A los 11 me ocupé de Cuchifritín y sus primos, también graciosos y ocurrentes, mas mi preferida seguía siendo Celia, a quien volví a ver tres años después dejando todo lo seguro y conocido para emigrar a América, donde fue institutriz de niños complicados y donde hubo de cruzar la selva a pie. Pero antes...
"El mejor regalo de Reyes es Celia". Así rezaba la campaña de promoción de la serie dirigida por José Luis Borau y con guión de Carmen Martín Gaite, escritora que quiso recuperar al personaje y a su colega Elena Fortún; pseudónimo de Encarnación Aragoneses, por cierto.
Cuando me enteré de que iba a producirse una serie con mi querido personaje, me emocioné muchísimo. Observé que las amigas de mi hermana, niñas llamadas "normales" que habían estudiado en colegios públicos de toda la vida, no tenían ni idea de quién era aquella rubia encantadora, tierna y trasto a un tiempo; risueña e inconformista; con un tremendo sentido de la justicia; cariñosa e hipersensible: ¿como Elena?
La protagonista, Cristina Cruz Mínguez, representó el papel a la perfección. Ella prefirió dejar la popularidad, sólo intervino posteriormente en "El abuelo". Al casting se presentaron muchas crías de siete años con las características físicas solicitadas, pero Cristina impresionó narrando el cuento de Caperucita Roja: "Me pidieron que cantara una canción o contara un cuento: cantar nunca fue lo mío [...]". ¡Pero sí contar, sí imaginar! Para ella, el rodaje fue como un juego y nunca se cansaba. Sólo la tuvieron que doblar en las escenas con cucarachas.

Al final del capítulo 6 y último puede leerse: "continuará". Ése era el propósito de José Luis Borau, pero se quedaron sin presupuesto: ¡una auténtica pena!

Voy a leer en breve "Celia en la revolución", donde el personaje, en el umbral de la adultez, nos relata su visión de la guerra civil española. Aquí se derrumba su mundo de ensueño, aunque ella trate de buscar la belleza en cualquier oculto rincón

¡Gracias, querida Encarnación Aragoneses / Elena Fortún! Has marcado mi infancia y la de muchos niños.

A los trece años afirmaba que llamaría Celia a mi hija. No me he casado, no tengo niños, pero sí una sobrina que detenta ese nombre y cuyo cumpleaños se celebrará próximamente. ¿Qué libros voy a regalarle? ¡Bingoooooooooooo!


1 comentario:

  1. !Oh, estoy emocionada! 14 años antes de la creación de la ONCE, Elena Fortún pertenecía a un club de amigos de los ciegos y aprendió Braille.
    Marisol Dorao: Los Mil Sueños de Elena Fortún.

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